Llevaba
14 temporadas el Racing de Santander sin jugar en el Camp Nou. La
espera se hizo larga, pero no fue, a buen seguro, la deseada. Nada menos que un
7-2 le endosó un pletórico FC Barcelona para celebrar el retorno de los racinguistas a la
Liga de las Estrellas. No fue un retorno acogedor a la élite para uno de los
clubes fundadores, pero en esta ocasión les tocó bailar con la más fea. Fue un
Barça coral, una máquina de golear, al que encima todo le sale bien, quitas al vitoreado Gordon,
sale Adeyemi en su puesto y actúa como si fuese un crack mundial,
sacas a la revelación de turno de la cantera, Xavi Espart, y colocas en
ese lateral a Cancelo, y te marca dos golazos, a modo de mísil tierra-aire, desde
fuera del área. Todo sale cara. Han empezado LaLiga bendecidos de lo lindo.
Así
los cántabros no tuvieron más remedio que capear el temporal. Inexorablemente
el que caía del cielo en forma de diluvio e indefectiblemente el futbolístico,
que les venía desde la tierra. El vendaval azulgrana fue masacrando lentamente
al conjunto de José Alberto López. El propio entrenador montañés comentaba apesadumbrado al final del duelo, que parecía que, si sus jugadores
marcaban o acortaban distancias en el electrónico, el Barça se enrabietaba e
iban como furiosos al ataque. Vamos que vino a decir que es mejor no
cabrearlos.
Los
goles se iban sucediendo sin solución de continuidad. Cancelo inauguró
el marcador con un zapatazo desde la frontal (luego metería otro). Raphinha era
objeto de penalti, que transformaba él mismo. Acortaba distancias Gueye,
tras mal entendimiento de la zaga culé. Joao soltaba otro “cancelazo”, este aún
más lejano para el 3-1. Raphinha anotaba el cuarto tras pase filtrado de Dani
Olmo. Adeyemi forzaba un penalti (luego forzaría otro). Esta vez le tocaba
a Lamine Yamal, que erró el lanzamiento. Tras el paso por vestuarios,
con el cambio de Szczesny por el lesionado Joan García, los
locales metieron la quinta y el quinto, obra de Raphinha de penalti. Szczesny se hizo un
lío con los pies y Zabiri le robó el balón y lo empujó para el 4-2. El
sexto llegó tras asistencia de Lamine, para que Gabriel Jesús la
colocase en la escuadra con un toque de interior exquisito. La lluvia no
arreciaba y el festival de goles tampoco. Faltaba el de Lamine, que lo buscó
con ahínco, tras fallar un penalti, lanzar un tiro al poste, y anularle un golazo
con pase a la red incluido por fuera de juego. Y llegó, llegó de manera
inmisericorde, el genio de Rocafonda anotó el séptimo, tras asistencia de
Adeyemi, para confirmar que este Barcelona es una trituradora, una máquina
perfectamente engrasada que ha logrado algo histórico en un inicio liguero,
donde nunca había ganado sus siete primeros partidos disputados.



